No dejo de
preguntarme cómo hacer de la experiencia personal algo útil a alguien que le
eche un ojo, o a alguien que esté en esta misma situación…
Y me pongo a
pensar… y no sé cómo meterle mano. Un blog, sí. Ese proyecto ya está en marcha,
pero lo cierto, es que la gran mayoría de las veces, me apetece más escribir
sobre los sentimientos que vivo como exiliada, que sobre aquello que de verdad
pueda resultar útil a alguien.
No es la primera
vez que estoy exiliada, ni por gusto. En 2011, justo al terminar la carrera, y
en concreto, tres meses después de terminar un “pedazo de contrato de 6 días”
como enfermera, también estuve en el extranjero… y eso sí que fue duro. Con 21
años, con toda tu familia, amigos y costumbres concentrados en un mismo lugar,
te ves a más de 1000km de tu casa. Sin conocer a nada ni a nadie. Ni si quiera
a ti mismo. Sin la posibilidad de expresarte porque por no tener, no tienes ni
idea del idioma. (Os aseguro de que no hay mejor sensación que volver a tu
País, ir a cualquier comercio, y pedir lo que necesites sin sentirte retrasado
porque entiendes todo).
Si por mi fuese,
estaría mucho más a gusto en mi pueblo, y más ahora que con esto del verano,
está bastante animado. Con todas tus amigas, tus familiares, a los que cada vez
pesan más los meses sin verlos, y saliendo de fiesta en fiesta para no pensar
en la mierda de país en el que vivimos. La desesperanza que nos espera después
del verano, o la de años que faltan para que esto empiece a enmendarse un algo.
Un lugar tranquilo que no llega a los 5000 habitantes, donde todo el mundo te
conoce, y aunque la mayoría de las
veces, a su manera, puede hacerse una idea de cómo puede ser tu vida. En cambio,
aquí, no eres más que la enfermera española, que “pobrecita, con todo el empeño
que le pone, qué trabajo cuesta entenderá con ese acento tan marcado” o “ay que
ver lo complicada que tiene que ser su situación”.
No hay nada más
difícil que un comienzo en el extranjero. Nadie sabe tu historia, y lo que
puede ser peor, todo el mundo tiene su vida y eso puede hacer que nadie se
interese por saberla. Aunque siempre está esa excepción. Esa persona que te
alegra el día, o te devuelve ese estado de ánimo que se va a la mierda con la
primera cagada lingüística de la jornada.
Está claro, que te
haces fuerte. Me atrevería a decir, que demasiado fuerte.
Cómo me gustaría
ver, a los hijos de esos que se hacen llamar políticos, en el extranjero. Pero
no para ir a estudiar a Londres con todo pagado por el papi (o por nosotros,
gracias a lo que nos han robado y siguen robando), si no tal y como estamos
nosotros. Empezando de cero. Aprendiendo un idioma palo tras palo. Pasando
vergüenza tras vergüenza, y recibiendo una humillación tras otra.
Hay quien no lo
soporta, y se vuelve a su país. Hay quien a pesar de no soportarlo, saca
fuerzas de donde jamás supo que las tenía y resiste, y cuando mira hacia atrás
y ve todo lo que ha conseguido por ella misma, lo único que es capaz es de sentirse
orgulloso, y a la vez, maldecir una y otra vez a los responsables por haber
arrebatado la felicidad de sus vidas.
A todos nos gusta
esta sensación de superación, pero siempre y cuando no sea forzada. Que cada
uno abandone su país, cuando quiera hacerlo, y no porque se vea forzado por la
incompetencia de los que siguen estando arriba.
A vosotros os dedico
esta entrada, por sinvergüenzas, por incompetentes, por corruptos (espero que
entendáis que ahora la palabra político también sea sinónimo de corrupto) y
sobretodo, por inhumanos, porque estoy completamente segura, de que si
tuvieseis una mínima conciencia del daño que estáis haciendo a toda y cada
parte de la sociedad, lo único que seríais capaz de hacer sería dimitir.
Jamás olvidaremos
el daño que estáis haciendo.